Primera
citación 9:00 horas. Segunda citación 9:30.
Andrés
Palacios, apalacioscl@hotmail.com,
Ingeniero
Comercial, nnacido en
1970.
Esta era una de
las frases que encabezaba una invitación de las Conferencias
Comunales del PS, que me llegó por e-mail.
Al preguntarme, que quiere decir “primera” y
“segunda” citación, la lectura del programa de la reunión
me responde. Los que llegan a las nueve se acreditan, a las
nueve y media comienza la reunión. Me pregunto que si al
decidir llegar sólo a la segunda citación, ¿llego tarde? ¿no
me acredito?, ¿hay alguna consecuencia?. Esta forma de
comunicarnos parece estar consensuada en nuestro mundo de
izquierda, y muestra, como sostiene una de nuestras mentes más
preclaras, el biólogo Humberto Maturana, que estamos
“atrapados por el lenguaje”.
Con
lo anterior quiero decir que en la convocatoria del mundo
progresista no sólo verificamos la presencia de los temas de la
gran política, mediática, cupular y de gobierno, sino que
también queda en evidencia un problema cotidiano, en mi opinión
más potente, que es la de la comunicación diaria con la gente.
Frente al repetido desafío de ampliar el trabajo en las
“poblaciones”, en el que estaríamos perdiendo terreno con
la derecha, me pregunto ¿cómo se retoma esta hebra? Me parece
que si llegamos con discusiones sobre la macro-política
probablemente nos encontremos con mentes agotadas de este
discurso, que sientan un rechazo de piel. Por eso, que hay que
hacerse cargo de cómo nos estamos comunicando y cómo ejercemos
liderazgo en este terreno del partido comunal, la junta de
vecinos, el centro de alumnos, el club deportivo, la comunidad
religiosa, etc. Y es aquí donde no estamos diciendo mucho y
nuestro “estilo de apearnos” a la política está en juego.
Proponer
nuevos desafíos requiere generar cambios. Pero en este proceso,
no hay que olvidar decidir qué es lo que queremos mantener.
Esto como elemento estratégico de la discusión, que permita
entre otras cosas, el respeto por nuestra historia y la
integración de las nuevas practicas con las que estamos
dejando.
Un
buen gobierno, un buen discurso
Comparto
la visión sobre lo bueno que han sido los gobiernos de la
Concertación: lo serio, responsable y fructífero de estos doce
años. Si se mantiene el respaldo del gobierno del Presidente
Lagos (53% según CERC, 44% según Fundación Futuro), algo
interesante estamos diciendo desde allí. Por cierto, se dan
matices en esta evaluación, lo que es propio de la democracia.
Así por ejemplo no existe un discurso valórico consensuado
entre los partidos oficialistas y este gobierno, que parece no
ser tan de izquierda como nos gustaría. Pero de alguna manera
de eso se trata ser parte de un gobierno de coalición. Si tuviéramos
mayoría absoluta como progresistas podríamos reclamar, pero no
creo recomendable repetir experiencias de imponer agendas con un
tercio del electorado.
Así
y todo, el presidente Lagos tiene un discurso progresista que la
gente mayoritariamente respalda, lo que me genera cierta
desconfianza sobre las arduas reflexiones de la caída de las
ideologías, la falta de discurso de izquierda, y el agotamiento
de la concertación (su “razón de ser” diría CERC). Creo
que tenemos discurso, que el presidente lo refleja, lo muestra a
la gente y ésta lo respalda. Lo que no sabemos es como
replicarlo. Esto es como el típico ejemplo del jugador de pool
que no puede explicar, ni hacer un tratado, sobre las reglas de
la física que le permiten poner las bolas en la bocha, pero lo
hace.
El
desafío es escuchar el discurso de Lagos, que no está
necesariamente en las palabras, sino en su hacer, y generar una
interpretación replicable que podamos transmitir cotidianamente
a la gente. Para esto sostengo que hay al menos tres condiciones
básicas: mejorar nuestro escuchar para ver en que están los que queremos representar, rigurosidad
para trabajar “aceitaditos” y “eficientitos”, y disciplina
para mantenernos en el tiempo sin diluirnos en el esfuerzo.
Ahora
bien, estas condiciones necesitan de un contexto, que seamos
capaces de enfrentar los tradicionales liderazgos del sector y
cuestionar su validez frente al presente desafío. Lo que digo
es simple y claro: cambiar la gente. Agradecer a quienes han
trabajado hasta ahora su esfuerzo y sacrificio, presentando “nuevos tipos”. El punto es,
reconocer nuevos roles, conformando nuevos equipos. No
deshacerse de algunos, sino redefinir que hace cada cual.
Esto
me hace recordar a “Billy Elliot”, la gran película británica
del debutante Stephen Daldry (2000), situada en un periodo
particularmente interesante para este articulo, Inglaterra en el
segundo periodo de la Tatcher, durante las huelgas de las minas
en 1984, que terminaron aplastadas por la Dama de Hierro, y
tuvieron un alto costo para el sindicalismo Británico.
Curiosamente, el lugar escogido para ambientar el film es
Durham, ciudad donde se crió Tony Blair y donde además resultó
electo por primera vez en la Cámara de los Comunes, en 1983. De
esta película rescato un par de cosas. Uno es la notable escena
en que Billy, de doce años, enfrenta a su padre sentado frente
a frente, tratando de explicarle que ser bailarín no es ser
homosexual. Esto me hizo pensar en quién asume hoy ese rol de
hijo, que enfrenta a un hosco padre, para mostrarle que hay otra
forma de mirar las cosas. Que es duro aceptarla, que tiene
costos, pero que es válida, que en una de esas funciona, y que
por supuesto no está comprada. Bien vale el riesgo frente al
“status quo” que nos mantiene estancados.
El
otro momento es cuando el niño es descubierto por el padre
ensayando una coreografía, para postular a una beca en Royal
Ballet School de Londres, y vuelven a confrontarse. Pero esta
vez Billy no argumenta, simplemente baila. Comienza su rutina
con toda pasión y entusiasmo, con todo su orgullo, destreza y
agilidad. Y entonces se produce la inflexión. El padre, sin
decir palabra (no hay palabras en los insights), se retira raudo
a reconocer su error con el entrenador de su hijo y a mostrar su
respaldo con los pocos recursos que le quedan. De esto estoy
hablando precisamente, de “bailar”, es decir, de trabajar,
organizar, coordinar. En el fondo, de hacer que pasen cosas, ya
no solamente convencer en discusiones, sino de estar en la calle
en contacto cotidiano con la gente, escuchando y trabajando
rigurosamente con disciplina.
Un
buen resumen de este articulo lo tiene la señora donde compro
el pan. Grabado en una calabaza, que me dijo era del Uruguay, se
lee “Conozco un tango compañera, que se baila viviendo”.
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