Participación Ciudadana y
Sociedad Civil: deudas de nuestra democracia consociativa
Danae
Mlynarz Puig, Cientista
político y asistente social, danaemlynarz@hotmail.com,
nacida 1973.
La
izquierda post-Lagos, o más allá de él y su gobierno, debiera
hacerse cargo de ciertos temas que han quedado inconclusos o
truncos durante los tres gobiernos de la Concertación. Me
gustaría ver uno de ellos que parece fundamental para el
proceso de democratización a que debiera tender el país.
Si
bien se deben considerar los aspectos inconclusos del proceso de
transición en el marco de una democracia consociativa (según
tipología de Arend Lijphart, un régimen democrático a través
de consensos),
en el sentido que aún existen una serie de trabas
constitucionales y legales para darla por finalizada, tales como
la vigencia del sistema electoral binominal y de los senadores
designados y vitalicios, entre otros.
Parece un hecho que durante estos 12 años se ha
gobernado de manera elitista, cupular y con un constante “veto
de las minorías”.
Hemos
escuchado muchas veces la importancia de la participación
ciudadana y de la sociedad civil. Sin embargo, no observamos sus
implicancias reales en la toma de decisiones. Es en relación a
esta deuda donde quiero detenerme. Puesto que sólo cuando estos
conceptos se transformen en realidades se puede decir que se ha
comenzado con el esperado proceso democratización nacional.
En
este sentido no debería sorprendernos el creciente apoyo
electoral a prácticas populistas y clientelistas que parecen
ser las únicas que realmente consideran las opiniones y
necesidades de ”la gente”. Los gobiernos de la Concertación
no han hecho mucho para que esas personas sientan que tienen
derechos y deberes con el desarrollo social, económico,
cultural y político de la sociedad donde habitan. Por eso no se
ha logrado generar una ciudadanía que ejerza su responsabilidad
social en un contexto de retraimiento del estado de bienestar.
Los
gobiernos de la Concertación han seguido ejerciendo un poder
cada día más débil desde el punto de vista práctico de
ejercicio de la acción, a través de un presidencialismo fuerte
que muchas veces cae en lo autoritario, donde el jefe de Estado
ejerce un liderazgo prácticamente paternal, frente a unos
ciudadanos que parecen hijos sin discernimiento o en minoría de
edad.
Los
partidos políticos de la Concertación no han hecho mucho para
modificar esta situación. Por el contrario, las prácticas
internas dentro de los partidos son tremendamente cupulares, los
dirigentes siempre son los mismos y sus intereses parecen ser
más personales que de desarrollo político y social.
No existe una base partidaria fuerte, puesto que da lo
mismo su existencia o no. Las opiniones de las bases no son
consideradas, y cuando han existido opiniones disonantes, son
acalladas por la necesidad vital de tener “gobernabilidad”.
De esta manera, los partidos no han cumplido con su principal
misión de ser “un instrumento que mediatiza la relación de
los ciudadanos con el poder, permitiendo que enormes cantidades
de ciudadanos puedan participar en la formación de la voluntad
estatal. Así, se transforman en elemento fundamental del
complejo proceso de formación de la voluntad política del
Estado. Son el puente entre los grandes grupos ciudadanos y el
poder político” (Friedman R, “Introducción a la
politología”, Santiago 1995.) Es así como los partidos han
terminado deslegitimándose frente a la ciudadanía e incluso
frente a sus propios militantes que no sienten que puedan
intervenir en las decisiones que dentro de ellos se toman.
Por
otro lado, los medios de comunicación parecen ser el único
lugar donde las demandas sociales existen y pueden lograr cierta
canalización por parte de la autoridad. De esta forma, las
reivindicaciones sociales de los últimos tiempos, tales como
las manifestaciones estudiantiles, las movilizaciones de los
profesionales de la salud y de la educación, todas de carácter
corporativo, han existido sólo porque han sido capaces de tener
espacio en los medios de comunicación. Esta situación trae
como consecuencia que la política como espacio de discusión,
reflexión y decisión colectiva se vacíe y los parlamentarios
privilegien aparecer en televisión por sobre el desempeñar su
trabajo legislativo.
Los
ciudadanos perciben que la política no tiene relación con lo
que les sucede en su vida cotidiana, da lo mismo finalmente
quien gane una elección. Los “políticos” ya no realizan
trabajo en terreno, con excepción para las elecciones donde
visitan a sus clientes a ofrecerles cosas e incluso a pagarles
cuentas.
En
este contexto, fruto de nuestros gobiernos y de nuestra forma de
hacer política, emergen resultados tan frustrantes como el que
sólo el 45% de los chilenos percibe que “la democracia es preferible a cualquier otra forma de gobierno”,
mientras que un 32% cree que “a
la gente le da lo mismo el tipo de gobierno” y un 18%
señala que “en
circunstancias es mejor un gobierno autoritario” (PNUD,
“Informe de Desarrollo Humano. Nosotros los chilenos: un
desafío cultural”, Santiago, mayo 2002.)
Cabe destacar, que entre los que adscriben a una
posición política de izquierda es donde la democracia aún
presenta niveles altos de apoyo (72%).
En
este sentido, como una forma de hacernos cargo de estos niveles
de apoyo a pesar de las deudas contraídas con la ciudadanía
para la izquierda es fundamental reflexionar y recrear
situaciones donde efectivamente los conceptos de participación
ciudadana y sociedad civil puedan desarrollarse y darle carne a
esta democracia anoréxica e incluso algunas veces bulímica. A
mi juicio, ahí se encontrarían algunas razones para la
desafección ciudadana frente a lo político.
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