Seguridad ciudadana: El lado oscuro de la política
Cuba:
¿Por quién doblan las campanas?
Fernando
Krauss Ruz, Egresado
de Ingeniería Civil Geográfica USACH, fkrb@entelchile.net,
nnacido
en 1974.
Escribo
a unos días del 26 de Julio y tres semanas antes del 13 de
Agosto, día en que cumple años el presidente cubano Fidel
Castro Ruz. Ambas fechas, fuera del simbolismo con que se
acostumbra a tratarlas en la lejana isla de Cuba, me traen
recuerdos y reflexiones más bien cercanas.
El
año pasado la noticia
cumpleañera habría pasado desapercibida, si no hubiese sido
por el round de boxeo que protagonizaron frente a
la embajada cubana en Santiago, un grupo de chilenos
pertenecientes a organizaciones solidarias con Cuba, y que esta
vez se enfrentaron a médicos cubanos residentes aquí en Chile.
Los primeros, acudían a la sede diplomática para hacer llegar
un regalo al festejado líder caribeño, y se encontraron con
los médicos, que venían a entregar una carta al embajador, en
protesta por un decreto expedido en La Habana. Se trataba de una
disposición que prohibía el reingreso a la isla de los médicos
cubanos que permanecían en el extranjero sin permiso del
gobierno.
El
incidente, con su buena dosis de puños, revivió animosidades y
epítetos como “traidores” y “gusanos”, que sólo
escuche con un timbre similar mientras viví en Cuba, en una década
de los 80 convulsionada por los “actos de repudio” oficiales
contra quienes iniciaban trámites para abandonar el país por
el puerto de Mariel. Los “Marielitos” se sometían a un
ritual de recorridos por las calles bajo improperios,
escupitajos y golpizas, que se iniciaban en sus domicilios y
centros de trabajos o estudios antes de abordar en el puerto de
Mariel las embarcaciones fletadas por sus parientes en Miami.
También debían compartir dichas embarcaciones con
delincuentes, sorpresivamente sacados de las cárceles y puestos
en la disyuntiva de volver a prisión o emigrar a EE.UU.
Estos
episodios, que dejaron borrosa huella en mis escasos siete años,
fueron el colofón que, de manera paradójica, sepultó los
episodios (no menos dramáticos) registrados previamente en la
embajada de Perú. Desde mediados los 60, todas las sedes diplomáticas
latinoamericanas susceptibles de otorgar asilo permanecían
custodiadas por contingentes policiales con órdenes de disparar
contra quienes intentaran penetrar en los recintos. De manera
que en 1980, cuando un grupo de cubanos, en complicidad con el
chofer, desvió un microbús para irrumpir y buscar asilo en la
misión peruana, incluyó a un policía armado que suscribía el
propósito del mismo. En la acción, hubo intercambio de
disparos y resultó asesinado un policía custodio. Como
represalia ante la negativa peruana de entregar a los ocupantes
del bus, las autoridades cubanas informaron por los medios de
prensa que se retiraría el contingente policial de la embajada.
En las diez horas que siguieron, l5 mil personas se asilaron allí,
antes que dos centenares de oficiales reservistas y en activo de
las fuerzas armadas, acordonara el lugar para impedir el acceso.
Pero
quizá lo que más me impactó de la pelea del 2001 frente a la
embajada de Cuba en Santiago fue la postura asumida por el
gobierno de la misma para justificar la medida aplicada, y en
particular las complicidades que este tipo de actitudes aún
cultiva en Chile.
La
sensibilidad de los chilenos-en especial de los miles que
vivimos el exilio (incluido en Cuba) debió conmocionarse con
una trifulca cuyo origen era la prohibición del regreso a su
patria de los médicos cubanos que, dicho sea de paso, generan
cariño y respeto en sus pacientes chilenos.
Siento que en la ocasión no sólo quedó afectada la
visión y la valoración que un sector de la izquierda chilena
tiene del proceso que se lleva en la isla, sino que también
salió muy mal parada la actitud asumida por algunos de nuestros
compatriotas: aquellos que se liaron a puñetes con los médicos
cubanos, conscientes de ello o no, respaldaron con su acto los
atropellos similares de que una vez fueron víctimas durante la
dictadura militar.
Para
nadie es un misterio que Cuba vive bajo un sistema político
basado en una sola ideología y un sólo partido político que
controla el Estado y prácticamente todas las áreas de la
sociedad. Los innegables logros sociales y el carácter emblemático
que, en algún momento, su proyecto cubano representó para
quienes nos tocamos el corazón a la izquierda, no deberían
obviar las realidades de un modelo que, bajo el manto
revolucionario, encubre la concentración del poder político en
una sola figura, a cuya deslumbrante personalidad se rinde un
culto institucional francamente excesivo en estos tiempos:
Presidente de la República, Presidente del Consejo de Estado y
de Ministros, 1er Secretario del Partido Comunista, Comandante
en Jefe de las Fuerzas Armadas, etc.
Lo
de los médicos fue hace ya un año. Sin embargo, recientemente
ocurrió en Cuba un suceso político que no ha tenido en Chile
la más mínima respuesta de parte de los actores involucrados
con el tema cubano, y que por su significado debiese llevar a
quienes formamos parte de una izquierda democrática a debatir y
reflexionar sobre ello, y hacerlo con premura.
Se
trata de una iniciativa que surgió desde dentro de la isla y
que es impulsada por distintos grupos cívicos no
gubernamentales y de oposición. El "Proyecto Varela",
cuyo nombre hace mención al apellido de un sacerdote cubano
precursor de la independencia en el siglo XIX, se vale de
la facultad que le otorga el Artículo 88 de la Constitución de
la República de Cuba a cualquier grupo de ciudadanos
para presentar - junto con 10.000 firmas de respaldo -
iniciativas legislativas con la intención de reformular leyes o
la misma Constitución. Según los creadores, con esta propuesta
se pretende convocar
al principal órgano legislativo cubano (la Asamblea Nacional
del Poder Popular), para que llame a una consulta con el fin de
introducir cambios orientados a democratizar y subsanar las
heridas de una sociedad cubana por años dividida.
En
síntesis, la propuesta busca realizar un plebiscito, para que
los cubanos decidan por si mismos sobre cinco aspectos
considerados por los proponentes como claves para el futuro la
nación cubana: garantizar el derecho a la libertad de expresión
y a la libre asociación; una amnistía para los presos políticos
no involucrados en hechos de sangre; el derecho de los cubanos a
formar empresas; una nueva ley electoral más representativa y
democrática; y la realización de elecciones bajo el nuevo
marco anterior a más tardar una año después de aprobado.
Dicho
proyecto, que fue presentado el 10 de mayo ante la Asamblea
Nacional del Poder Popular, no ha encontrado hasta ahora mayor
respuesta del gobierno de la isla que el silencio y omisión
absolutos en los medios de comunicación (que son todos
controlados por el Estado), además de la detención a personas
que desde dentro de Cuba, y con obvias limitaciones de recursos
intentan difundir la idea.
Sin
embargo, y a pesar del desconocimiento que aún sigue existiendo
del Proyecto Varela entre la población, el gobierno cubano
terminó hará unos días, una senda campaña
de recolección de firmas a través de los Comité de
Defensa de la Revolución de los barrios y de los centros de
trabajo, buscando dejar establecido que el sistema socialista en
Cuba es irrevocable. Esta campaña, que mostró la gran
capacidad mediática nacional e internacional, y de movilización
de recursos con que cuenta el gobierno de La Habana, concluyó
con el ya acostumbrado y casi unánime respaldo de firmas que
superan el 99% del total de los ciudadanos electores.
Ante
tal demostración de fuerza, y más allá de su
legalidad constitucional e intención democrática, es lógico
que nazcan dudas que existan condiciones para el desarrollo del
Proyecto Varela. Más aún, cuando el máximo líder cubano
afirmó hace pocos días que tendría que estar loco para
aceptar la pluralidad de partidos políticos en su país.
Es
cierto que Cuba es un país que ha debido enfrentar innumerables
agresiones económicas, militares y políticas desde los Estados
Unidos, condenables desde cualquier perspectiva. Que el bloqueo
económico impuesto por 43 años ha sido la peor de las
estrategias para lograr una apertura política en la mayor de
las Antillas. Sin embargo, para quienes creemos profundamente en
la democracia como valor que sustenta las relaciones sociales,
lo anterior no nos puede cegar en el reconocimiento de los
rasgos autoritarios del sistema político que rige en la
sociedad cubana, y en especial, en su relación conflictiva con
las expresiones políticas de los derechos humanos, declarados
por todos quienes aspiramos a un mundo más justo e igualitario,
como universales e inalienables.
Bajo
esa óptica, resulta por decir lo menos, incongruente, que
dirigentes de los partidos políticos de centro-izquierda
prefieran no asumir la necesaria discusión de fondo al
respecto, no den la cara ante incidentes como las sanciones
contra los médicos cubanos residentes en Chile, o la violación
de los derechos civiles y políticos en Cuba, y que incluso La
Moneda critique una postura de la ONU frente al gobierno cubano
que, sin embargo, se aplaudió cuando el organismo internacional
la aplicó en forma reiterada contra la dictadura de Pinochet;
aunque en esto último, Chile haya terminado sumándose a
la postura Uruguaya, que planteó el envio de una Comisión
Investigadora de la situación de los DDHH a la isla, y que a la
larga incomodó de igual manera al gobierno de La Habana.
Se
puede entender que, en muchos casos, prime una amalgama de
elementos que mezclan sentimientos de gratitud, añoranzas,
nuevos lazos generados por negocios conjuntos, favores
personales ( manejados con habilidad por la diplomacia cubana)
con la dificultad de una cuenta política al interior de los
partidos, donde el tema cubano sigue estando lleno de
simbolismo. Pero las generaciones del siglo XXI no estamos
obligadas a ser acríticas, también, a propósito de los
aspectos reprobables de la sobreviviente latinoamericana de los
socialismos reales. Con todo respeto: no siempre tenemos que ser
cómplices del silencio que por su historia se han autoimpuesto
nuestros viejos.
El
1º de enero próximo se cumplen 44 años del triunfo de la
revolución cubana. En
la isla, miles celebrarán
un proceso que otros miles reconocen como incierto, ante
un mundo que avanza hacia mayores libertades en lo político .
Fuera de su terruño, cubanos
residentes en el extranjero beberán el sabor amargo de
un abrazo de fin de año, separados de sus familias y divididos
por un proyecto que parece cada vez más desdibujado y anacrónico.
En Chile, a cientos de kilómetros del malecón de la Habana,
los chilenos de una izquierda que quiere y necesita ser joven ¿por
quiénes brindarán el 1 de enero?
Haz
llegar tus artículos o borradores de artículo a
pdn200@nyu.edu o a milenio_66@yahoo.com
Nosotros vamos a trabajar contigo para producir artículos
que enriquezcan el debate y lo amplíen a nuevas voces. Mientras
antes hagas llegar tu artículo, más tiempo tendremos para
ayudarte a producir un texto que enriquezca al ex-Foro Virtual
en su reflexión sobre el futuro político que queremos
construir más allá del 2005.