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Seguridad ciudadana: El lado oscuro de la política

Gonzalo Berríos Díaz, gberrios@starmedia.com, Abogado, nacido en 1970.

Vivimos en un país que siente miedo. Una encuesta de la Fundación Chile 21 reflejó la alta sensación de inseguridad e indefensión de la ciudadanía en relación con los problemas de salud, empleo, educación y pensiones. Además, un 70% de los entrevistados piensa que ellos y sus familias corren “mucho riesgo” de ser víctimas de un delito, evidenciando el elevado grado de preocupación e importancia que se asigna al problema de la delincuencia: el propósito de este artículo es tratar justamente la cuestión delictual como un aspecto específico de estos miedos.

 El primer elemento a considerar es el reconocimiento de que el delito es un fenómeno político-social y no un hecho natural. Esto quiere decir que el delito no es una realidad ontológica, que esté conectada con la esencia misma de los hechos, sino más bien está relacionado con definiciones políticas sobre qué se castiga, y en cuanto tales, vinculadas al poder y a quienes lo ejercen. Por lo tanto, en una sociedad democrática siempre será criticable y revisable lo que se entiende por delito, así como sus mecanismos de control asociados.

 Por otro lado, debe tenerse presente que está demostrado que el sistema de justicia penal opera de manera selectiva, discriminatoria y clasista. En su funcionamiento real, sólo “atrapa” a una parte de los sujetos que cometen hechos calificados de delito, cuya composición social mayoritariamente corresponde a sectores populares y empobrecidos. Por ello no resulta extraño que estas personas manifiesten una fuerte desconfianza hacia los operadores del sistema, acusando lentitud de los procesos, malos tratos, arbitrariedad y favorecimiento al poderoso en las decisiones. Además, las críticas a la justicia criminal no sólo son efectuadas por quienes son perseguidos por un delito, sino también por las víctimas de ellos, que tampoco ven debidamente relevados y resguardados sus derechos. En síntesis, como se ha señalado, “los pobres no sólo son víctimas frecuentes de delitos sino también la principal clientela del sistema”.

 Mención aparte merece el manejo que los medios de comunicación dan al tema, cuyo tratamiento sensacionalista y desproporcionado contribuye a generar una sensación de inseguridad mayor a la que razonablemente podría derivarse del análisis de las estadísticas. Juegan asimismo un rol clave en los procesos de estigmatización y diferenciación en el trato de los distintos tipos de delitos. Para ejemplificar, puede recordarse el caso de un comentarista deportivo querellado por delitos tributarios, cuyo trato fue radicalmente diferente al brindado a cualquier otro “delincuente común” por hechos de menor daño social.

 Como cuarto elemento, la respuesta tradicional al delito también ha sido cuestionada por su inhumanidad y por su absoluta falta de correspondencia entre fines declarados y fines realizados: la cárcel opera como un efectivo mecanismo reproductor del delito, dado sus efectos criminógenos sobre los sujetos privados de libertad (desocialización y contagio criminal). La cárcel no rehabilita, no resocializa, no previene nuevos delitos. La violencia institucional del estado lejos de detener el crimen, lo alimenta y perfecciona, generando verdaderas redes de solidaridad entre quienes pasan por la prisión. Si a ellos se suma la estigmatización y marginación social post-penitenciaria, no resultan extraños fenómenos como la reincidencia.

 Con esta realidad, uno puede preguntarse por qué tantos creen que el sistema penal es la solución y además una buena solución a los conflictos de tipo criminal. Sin embargo, no debe resultar extraño que dicho enfoque –bajo la etiqueta genérica de la seguridad ciudadana– ocupe un lugar tan relevante en la agenda pública ni menos que ésta esté hegemonizada por una perspectiva represiva. La instrumentalización del miedo ha sido desde siempre una estrategia de acción política y la delincuencia es tan sólo su actual caballo de batalla. De ahí que no se puede ser indiferente al problema del control de la criminalidad, ni mucho menos puede dejar de cuestionarse el modelo de tolerancia cero divulgado por la derecha conservadora.

 En primer lugar, porque la visión de mundo tras el modelo de tolerancia cero es extremadamente peligrosa para la construcción de una sociedad democrática, humanista y libertaria, cuyo fundamento y límite es el respeto y promoción de los derechos fundamentales de todas las personas (victimas y victimarios). Un aspecto no suficientemente destacado tras este modelo, es que se sustenta en una ideología que liga la visión represiva con la neoliberal: estigmatización y persecución de los más pobres, directamente o sobre sus barrios; visión atomista de la sociedad; afirmación que las desigualdades sociales se deben a factores personales (algo así como el patronal prejuicio “los pobres lo son por flojos”). En palabras de Wacquant, “la mano invisible de Adam Smith está de vuelta, pero ahora calza un guante de hierro”. 

 En segundo término, porque el endurecimiento de las penas y las mayores atribuciones a la policía –en definitiva, el reemplazo de la idea de un estado social y democrático por uno penal y represivo–, son falsos mecanismos de control del delito, de virtudes más aparentes que reales, pues sólo generan nuevas y mayores violencias. En Nueva York (NY), el abuso de la policía y la desconfianza subsecuente hacia ella de parte de las comunidades afectadas, así como la discriminación racista reflejada en la composición de las detenciones, han quedado al descubierto por numerosas investigaciones. Más aún, una ciudad como San Diego que aplica el modelo de policía comunitaria, ha reducido las tasas de delincuencia de manera similar a la capital de la tolerancia cero, pero a un costo bastante menor para las libertades públicas: disminución del número de detenciones (menos un 14% versus un aumento en NY de 24%) y de las quejas presentadas contra la acción de la policía (menos un 10% versus un aumento de 60% en NY). Más cerca, en Buenos Aires, se ha demostrado que un mayor número de policías en relación con el número de población no resuelve el problema de la delincuencia.

 A la luz de estos antecedentes, resulta preocupante lo que ocurre en Chile en materia de políticas de control de la delincuencia y seguridad ciudadana. En especial, si se considera que la reforma procesal penal ya recibió un embate del paradigma represivo al endurecerse las normas sobre atribuciones de la policía para detener y controlar a las personas, todo ello bajo el sólo argumento de la sensación de inseguridad de la gente. Sin embargo, aún no se resuelve satisfactoriamente la pregunta de quién controla a la propia policía. En la práctica, la sospecha policial recae preferentemente sobre jóvenes de los sectores urbano populares y de apariencia “peligrosa” (concordante con los análisis sobre selectividad y discriminación), lo que es un atentado a las libertades y una clara transgresión al principio de igualdad ante la ley. Es cuestión de recordar otro caso “ejemplar” sobre la selectividad con que se ejecuta la tarea policial: un oficial de ejército armado con una pistola y que recién había baleado a otro sujeto, frente al que carabineros no actuó para reducirlo y además le dio trato de “mi teniente”. Asimismo, se otorga más poder a la policía sin considerar la tendencia al alza en las denuncias por violencias innecesarias, así como la nula acción de la justicia para sancionarlas, tendencia demostrada por todos los estudios disponibles. Por ello, nada peor que legislar sobre la base de suposiciones y percepciones, y dejando un amplio margen de acción a la arbitrariedad de las instituciones de seguridad. Resulta curioso que, a diferencia de otras áreas, en materia de delincuencia no se recurra a los especialistas, a los “tecnócratas” en criminalidad ( ¡bienvenidos serían!) y las decisiones se tomen encuestas en mano.

 Es urgente, entonces, definir e implementar una política democrática de control de la delincuencia, cuyo eje sea el respeto absoluto de los derechos fundamentales de las personas. Un eje como éste no sólo es una garantía para los infractores, sino para todos y cada uno de los ciudadanos, pues la protección de derechos en materia penal también tiene por objeto que no sean violentados por la acción arbitraria de las instituciones de control penal.

 Otro pilar de una nueva política criminal ha de ser la convicción de que una mayor penalización de los delitos no conduce a una disminución de los mismos. De ello se concluye la necesidad de diversificar las respuestas al delito y disminuir el uso de la privación de libertad, así como la importancia de revisar a la luz de la época actual el catálogo de delitos del Código Penal.

 En tercer lugar, se debe fortalecer la red de apoyo social a las víctimas de delitos -en especial violentos- y propiciar medidas de reparación de los daños patrimoniales que han sufrido. El Estado podría asumir en este aspecto una política activa de apoyo material a las víctimas, reorientando recursos desde el control a la reparación.

 Además, en cuarto término, no se puede seguir eludiendo la necesidad de reformar la justicia militar, haciéndola coherente con las exigencias garantistas de la Constitución y de los Tratados Internacionales de Derechos Humanos, así como con el resto de las reformas impulsadas en materia de justicia. Esta cuestión es relevante para ejercer un mayor control sobre las policías y estimularlas a cumplir sus tareas dentro de los límites de un estado democrático de derecho.

 Por último, como la política criminal tiene un carácter excepcional, de último recurso ante conflictos graves como son los delitos, debe necesariamente ir precedida de una activa política de garantismo positivo, esto es, de aseguramiento y desarrollo del conjunto de los derechos de las personas, como el camino más efectivo hacia una convivencia más justa y pacífica entre los seres humanos.

 


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