Un
poco de populismo ¿y qué?
Mauricio
Muñoz, Abogado, mauricio_munoz27@hotmail.com,
Nacido
en 1966
Un
estigma que atraviesa el imaginario político, cargado de
simbolismo perverso y asociado a lo peor (a juicio de la
intelectualidad política), con que se puede engañar al pueblo
es el populismo, entendido como la sistemática e irresponsable
invocación de las necesidades inmediatas de la ciudadanos, no
tanto para resolverlas como para demostrar que el que las apunta
está preocupado de ellas. De hecho, el término es un recurso
para descalificar, desde uno y otro lado del arco político, las
iniciativas que, sospechamos, pueden incrementar las simpatías
del electorado a favor de quien las formula.
Naturalmente,
existen prácticas políticas atávicas que, evaluadas desde
cualquier piso ético, admiten ser repudiadas no por interpelar
de manera “populista” a la gente, sino por acercarse a
conductas lindantes con el delito: el pago de cuentas durante
las campañas, la entrega de recursos a cambio de adherir a una
candidatura. En fin, formas de cohecho renacidas en los últimos
años y que se creía desterradas. Hay otras prácticas que, sin
llegar a este nivel de reproche, son al menos atentatorias de
principios instalados en la conciencia de la humanidad, como lo
fue la propuesta de castrar a los violadores planteada por un mínimo
candidato a diputado el año pasado (con lo cual, por cierto,
aseguró una primera mayoría en su distrito. ¿O habrá ayudado
el desempeño electoral de su contendora?).
La
construcción conceptual sobre el populismo es una interesante
contribución aportada por las fuerzas progresistas como una
manera de develar los componentes y las causas de la falsa
conciencia que “aprisionaba al pueblo y le impedía tomar
la senda de la emancipación”.
La categoría populismo
parece que permitió despejar la paja del trigo en cuanto a las
decisiones estratégicas de las “organizaciones populares.”
Una cosa era estar con el pueblo y otra, detener el desarrollo
de la autoconciencia y el progreso de la humanidad.
Sin
embargo, en este afán de ir demoliendo las barreras que detenían
la liberación proletaria, ¿no se les habrá pasado la mano a
nuestros fundadores? Por no pecar de populistas, ¿no será que
terminaron por idolatrar puras abstracciones tales como la revolución,
la superación de la
explotación del hombre por el hombre, la construcción del reino
de la felicidad, y, peor aún, la
causa? Porque, hasta donde entiendo, la inmensa mayoría de
la humanidad siguió y sigue teniendo preocupaciones bastante más
pedestres que ser héroes de estas epopeyas, cuyos resultados,
por lo demás, no estaban precisamente a la vuelta de la
esquina.
Por
lo mismo y como no sólo de futuro vive el hombre, naturalmente
que los primeros luchadores también tuvieron sus tentaciones
populistas. Por ejemplo, ¿resistirían la prueba de la blancura
emancipatoria medidas como la devolución de los bienes empeñados
en la “Tía Rica” decretada durante la república
socialista, en 1932? ¿Qué tal las tomas de terreno encabezadas
por Mario Palestro y Laura Allende? Y, sin ir más lejos, ¿cómo
evaluar bajo este criterio los diez mil pesos por familia del
Chile solidario?
Parece
ser, entonces, que vale la pena revisitar el concepto y
reevaluar las prácticas. Es evidente que no todo lo que se
conecta con las necesidades inmediatas de la gente puede ser
tratado con desprecio. Es más, es un imperativo conocer y
respetar los genuinos intereses de las personas que decimos
gobernar. No vaya a ser que la centralidad de las causas
“intangibles” –como pueden ser hoy las reformas
constitucionales, o la invocación del “desarrollo humano”-
sea un caso particular del típico repudio pequeño burgués por
los gustos populares, que da cuenta de la distancia elitista con
que nos gusta diferenciarnos de nuestros “representados”. Y
se huele que algo de eso hay cuando vemos que hoy día vota por
el mundo progresista una parte de la ancha clase media, porque
el mundo popular hace rato que está votando por la UDI.
Es
cierto que el horizonte emancipatorio es la razón por la cual
sigo sintiéndome parte
de esta izquierda: otorga el sentido de trascendencia que se
necesita para vivir. Pero los horizontes no ganan elecciones.
Hace
rato que los estudios, las encuestas, los muestreos, los ratings
y hasta el olfato nos arrojan a la cara cuáles son las
preocupaciones de la gente: ¿por qué no hacerles caso? No se
puede ser tan tozudo como para recriminarle al pueblo lo que el
pueblo quiere. Por el contrario, hay que admitirlo y, tal vez,
lavarle un poquito la cara y perfumarlo, pero, al fin y al cabo,
admitirlo. Si el pueblo quiere pan, démosle pan con queso. Si
el pueblo quiere al Kike Morandé, démosle más humor, picardía
y sentido de lo inmediato.
Mi
tema es, pues, la reivindicación de un poquito de populismo,
entendido como la genuina y permanente preocupación por los
intereses populares. Basta ya del desprecio por los iconos del
mundo popular, por la “debilidad” de consumir (¿alguien se
queja del consumismo de los mineros del cobre y de que la
principal preocupación de los sindicatos de Chuquicamata era
contar con un mall en la ciudad?) y de los nuevos tópicos
instalados en la conciencia de nuestros electores. Si la gente
tiene miedo a los cogoteros, no salgamos con declaraciones de
criminólogos eminentes ni explicaciones de que las estructuras
y la historia de vida y no sé cuánto. Encabecemos la marcha
contra los patos malos (¿se acuerdan de la vigilancia en las
poblaciones por las brigadas populares?). Si la gente quiere
pega, mejoremos la gestión de los programas de empleo y pongámosle
más pino a la agenda procrecimiento (aunque con estos
empresarios chilenos, ¡mmmhh!); si la gente quiere más y mejor
salud (y para eso el AUGE tiene que aprobarse ya), armemos una
cruzada para explicarle a los pobladores y sectores medios cómo
la reforma de la salud es estupenda e impostergable. En fin, si
la gente le tiene bronca a los políticos como género, no
seamos nosotros los defensores de lo indefendible. Veamos cómo
transparentamos la práctica política, cómo creamos
movimientos ciudadanos, cómo nos convertimos en los campeones
del trabajo parlamentario y edilicio.
No
se trata, como por ahí se dice, de “lavinizar” el discurso
y la conducta política, o sea, de convertirse en cosista de
izquierda. Se trata solamente de recuperar una actitud y un espíritu
potente de la vieja izquierda hoy tan repudiada, la preocupación
por lo humano y lo divino, por el pan, el techo y el abrigo,
junto a la libertad y el devenir. Amén.
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