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Seguridad ciudadana: El lado oscuro de la política


La Democracia Ilustrada contra la Razón Tecnocrática

Pablo Nicolai Vera, profesor de Castellano, pablonicolai@hotmail.com, nacido en 1971.

 Para quienes sólo podemos presumir de nuestra ignorancia, simplemente nos cabe la duda frente a las categorías del pensamiento tecnocrático. Cuando perdemos la vergüenza y nos dejamos llevar por la pasión, que por supuesto no es “conocimiento”, también es posible que nos empeñemos en la acción y el juicio crítico. En ello va parte de nuestra dignidad, porque del mismo modo todo escepticismo es una forma de mirar o de sonreír, de manera que la suspensión del juicio igual implica una significación. “Respirar es juzgar”, sentencia Albert Camus. Sólo queda por convenir en base a qué lo hacemos. Lo que se ha dado en llamar el “pensamiento tecnocrático” se centra en la idea, cada vez más dogmática, de que la técnica ha de tener la supremacía en el orden social, se funda en una fe hasta pueril en el rol y los efectos de los tecnicismos en el destino del hombre y de la comunidad que éste constituye. A este respecto son precisas las palabras de Marcos García de la Huerta, quien en su Crítica de la Razón Tecnocrática dice: “a medida que el terreno de las decisiones sea invadido o caiga bajo el campo de exigencias impuestas por la extensión del sistema técnico, la práctica política quedaría absorbida y supeditada a las necesidades de orden técnico”. Lógica consecuencia de una variante del pragmatismo impregnado sin más reparos por unas condiciones tecnológicas que establecen el predominio de las formas y el reinado de la virtualidad.

 Digo esto a propósito de ciertas convocatorias publicitadas para preseleccionar “profesionales de excelencia con vocación de servicio público”, a objeto de en definitiva designar secretarios regionales ministeriales y jefes de servicios, por parte del intendente de la Región de Coquimbo Felipe del Río. No es que me oponga a la profesionalidad, a la eficiencia y a la eficacia, principios por lo demás consagrados en el ordenamiento jurídico, al igual que la probidad, la responsabilidad y la coordinación, los que por tanto siempre han debido exigirse a todo funcionario público, sino que, antes bien, a la ingenua expectativa que se pueda generar en todos aquellos que promueven sus prestigios en virtud de certificaciones y títulos logrados con esfuerzos intelectuales y económicos de años. Porque esta no es una convocatoria a concurso público, en el cual se mide con criterios pretendidamente objetivos determinados antecedentes y se confrontan con la disponibilidad de remuneraciones, suponiendo, en consecuencia, la obtención del cargo por mérito, como quien se gana el Nobel, y la esperada estabilidad en el mismo, como quien adquiere un derecho testamentario. Por el contrario, aquí se trata de una intención política de mostrarse transparente y acaso de ampliar el abanico de postulantes, la cual sería plausible si no estuviésemos hablando de cargos de confianza política y esencialmente revocables, lo que significa que en definitiva es una facultad de la autoridad delegada por el pueblo, según lo cual la designación en sí nunca dejará de ser pública y constantemente evaluable. La transparencia en la administración y el gobierno es una exigencia democrática, pero se refiere fundamentalmente a la gestión, pues lo que importa es que los ciudadanos sepamos qué, cómo y para qué se llevan a cabo las acciones de los funcionarios. Precisamente asistimos con esta medida a la pretensión tecnocrática –que no deja de ser una pantalla, en cierta medida, digámoslo, por suerte- de hacer aparecer como necesario el predominio de lo mecánico, donde el encargado o jefe de un determinado servicio público ha de limitarse a la funcionalidad de una máquina en la que no es más que un apéndice, parte de un automatismo racionalista como en la misma línea de la eficacia totalitaria que prefiguraran y denunciaran literatos como Kafka, Camus, Huxley o Kundera. No quiero caer en un tremendismo. No soy tan pesimista ni desconfiado, sin embargo advierto la intención de validar el principio de prevalencia unívoca de lo técnico y lo aristocrático allí donde debiera primar lo político y lo democrático, pues apartando las dificultades propias de medir la vocación de servicio, una personalidad optimista, la excelencia y la inteligencia, y sin desconocer las contribuciones de los técnicos, parece claro que aquí se trata de cargos que deben asumirse para liderar opciones políticas que se hacen y deshacen en un campo dividido, un espacio común polémico, que es el propio de una democracia que se quiere ilustrada, es decir, donde el debate se eleva y no se calcula, donde los juicios se confrontan y no se excluyen, donde la revocabilidad de los cargos es esencial porque se deben a los ciudadanos y no a la Santa Ciencia, donde se trata a la ciudadanía como a adultos libres y no como a párvulos, donde la comunidad políticamente organizada exige no sólo respeto sino el ejercicio del mando y por ende requiere políticas efectivas y no simple y ramplona demagogia.  Queremos y reclamamos eficiencia, mas no exageremos con el ya viejo cuento del gobierno de los mejores.


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